domingo, 24 de marzo de 2013

Cuento I


El frío llegó de pronto. Invadió la ciudad y se colaba por las rendijas de la casa. Sólo había una  estufa de leña para calentar todo el edificio. Era una casa antigua, de aspecto victoriano. El hombre se afanaba echando leña a la estufa. Vestía pantalones de pana y camisa blanca. Cuando salía de casa se ponía una chaqueta prestada para tapar los remiendos de la camisa.  En las manos tenía manchas de tinta, la señal del escritor.
En la habitación se amontonaban papeles y libros por todas partes, por el suelo y  encima de todos y cada uno de los muebles.
Una vez que consiguió que en la habitación hubiera una temperatura que disimulara un poco el frío se sentó a escribirle cartas a los editores, como hacía todos los días desde hacía años. Después de terminar con las cartas empezaba a escribir sus relatos.
Suena el timbre, el cartero. Con otra carta rechazando sus escritos. "Escribe algo que guste", le decía su amigo, con el que se reunía todas las noches en el pub del barrio, "Algo romántico, con final feliz, no esos poemas y relatos tan tristes". Pero él se empeñaba en seguir cantándole a la luna poemas y relatos de desamor y melancolía...

miércoles, 20 de marzo de 2013

La decisión final. (Final)









Miró al cielo y en ese mismo instante escuchó encadenadas al viento unas palabras. Le hablaba el gran espíritu Manitow. Le apremiaba a seguir, se encontraba cerca del lugar donde él se hallaba. Una gran fuerza le envolvió alzándola, sintió sus pies ligeros, asombrada, sin dar crédito a lo que sentía su cuerpo recogió su escaso equipaje y se dispuso a reanudar el camino. Le sentía muy cerca….le pareció escuchar su voz pidiéndole auxilio. Como una gacela corría, saltaba, trotaba, sus piernas ligeras como plumas la llevaban en voladas.
Apareció ante sus ojos y sin esperarlo, su corazón no le cabía en el pecho, sintió que perdía el conocimiento, que sus fuerzas le abandonaban. Quiso gritar su nombre mas no pudo, un nudo atenazaba su garganta. Estuvo durante unos minutos contemplándolo, escudriñando su espalda milímetro a milímetro, su larga cabellera negra le había crecido considerablemente quiso disfrutar del momento imaginando su rostro, sus ojos, incluso creyó escuchar su voz envuelta en el viento.
El no la oyó llegar, no podía, estaba muerto. Su corazón no pudo aguantar el desengaño, la desidia del hombre blanco, el sufrimiento de haber dejado a su hermana sabiendo la preocupación de ella. Su orgullo le impidió volver a su pueblo, a su tribu, a su hogar. Solo y en silencio murió unas horas antes de que ella llegara a su lado, apoyado sobre un viejo roble.

Al darse cuenta de que estaba sin vida, su mente y su corazón sufrieron una amalgama de sentimientos reprimidos tanto tiempo, que todos juntos fluyeron como si de un volcán en erupción se tratara, acometiéndole una gran embestida en su pecho, ahogándola, dejándola sin respiración y sin aliento.
Y allí, abrazada al cuerpo sin vida de Petirrojo cantarín, exhaló su último aliento Sombra de Luna Menguante.

Los encontraron al cabo de unas lunas y allí mismo dieron sepultura a sus cuerpos, nadie se atrevió a separarlos. Se fundieron en uno solo con la Madre Tierra.
Un bello paisaje, la naturaleza exuberante, la humanidad caminando.
FIN.

La decisión final. (capítulo 3)



Walpaper de Luís Royo


Quiso ir en su busca, quiso morir en el momento en que entendió que lo perdía, que no debía querer a nadie, que no era merecedora de cariño alguno. Se endureció, a partir de ese día. La coraza de hierro se la colocó aún sin venirle bien, le quedaba grande, no era para ella, a pesar de ello la llevó.
Cogió lo necesario para el viaje que iba a emprender y marchó con un rumbo fijo en su mente. Su destino era la montaña sagrada donde habitaba el espíritu del gran Manitow. Su deseo, morir para vivir en paz. Estaba segura que en la otra vida la encontraría. Solo allí su dolorido corazón hallaría el descanso deseado.
Durante muchas lunas viajó Sombra de Luna Menguante. Recorrió montes y valles, cruzó ríos lastimándose los pies con los guijarros de sus orillas. El frió en las noches fue su eterno acompañante; durante el día el sol daba calor a su malherido y maltrecho cuerpo. Nada impidió su caminar constante en busca de su querido hermano Petirrojo Cantarín. Un atisbo de esperanza le señalaba el camino hacia el lugar donde encontraría su cuerpo.
En su viaje se acompañó del silencio de la pradera, escuchó el chillido del águila que volaba libre sobre la llanura. En la noche se dejó cobijar por el aullido del lobo mientras la Luna ascendía majestuosamente mostrándose plena en total belleza arropada por un manto de estrellas y luceros.
Amaneció gris la mañana. Los nubarrones negros amenazaban con desatar su furia. Buscó un techo donde no lo había. Sin saber cuando, ni en qué instante, de repente un torrente de lágrimas salinas, heladas, la cubrieron, se congelaban al posarse en su cuerpo. Los copos seguían cayendo conservando su triste aroma a desgracia y desamparo. Cayó al suelo exhausta, no pudo levantarse, su cuerpo no le respondía, laso, aterido, dolorido por tantas noches al raso, en el suelo, sin más abrigo que una malgastada piel de oso que él cazó y curtió para ella. Lloró al verse impotente, no podía ceder al dolor, no debía, su meta era encontrarle y poder descansar en paz consigo misma.
Miró al cielo y en ese mismo instante escuchó encadenadas al viento unas palabras....
Conctinuará.....

sábado, 16 de marzo de 2013

Niebla en el arrozal



Mis pies me llevan a lo largo de la línea sinuosa del arrozal, a lo largo de una pista. Camino despacio, sintiendo el aire frío de la mañana en la cara. Es la clase de frío que te hace pensar en un cuchillo rasgándote la piel...el tipo de frío que se cuela en la ropa y te corta la respiración. Ahora me gusta la sensación que produce, puesto que hace que me despierte, me despeja la mente y los sentidos. De pronto soy consciente de todo lo que me rodea: el ruido de la carretera cercana, el graznar de un cuervo que se posa brevemente al borde del arrozal. Me mira de forma insolente. Tras una pausa en la que decide que solo soy un elemento más de este paisaje reanuda su vuelo sin destino y sin sentido.
Caminando por la pista encuentro una casa abandonada. La soledad del paraje hace que sienta tristeza. ¿Dónde habrán ido los antiguos habitantes de la casa? Durante algunos minutos me quedo varada al borde del camino, haciéndome preguntas estúpidas sin respuesta sobre el paso del tiempo. Finalmente opto por capturar la imagen. Quizás por que siento que al apretar el obturador de mi cámara puedo rescatar del olvido la felicidad pasada del lugar.

miércoles, 13 de marzo de 2013

La decisión final. Capítulo 2





Cuidaba de su hermano como la mejor madre de la tribu lo hacía con sus hijos. Pasó el tiempo y él hizo nuevas amistades. Ella lo sentía feliz y eso le agradaba, quería que tuviera lo que en su vida le faltó, fue dándole libertad para hacer y deshacer, tenía que forjarse en un gran guerrero, no siempre lo iba a tener pegado a sus faldas.
Los guerreros debían de salir a cazar para sustentar las familias. El animal del que los indios obtenían la mayor parte de sus recursos, no sólo alimenticios, sino también para la confección de vestidos y herramientas era el bisonte (Tatanka en alguna de sus lenguas)
Las tribus perseguían las manadas a lo largo de un ciclo que se repetía cada año: hacia el oeste y el norte en primavera y de regreso al sur y al este antes de la llegada de los fríos invernales. Junto al bisonte, el oso, ciervo, aves y demás animales del bosque, así como la recogida de algunos frutos o la pesca de los ríos completaban la dieta habitual.

Fueron tiempos de cosechas dulces, el amor fraternal los unía en una armonía inusual.
Poco a poco se fueron distanciando, Petirrojo iba y venía de correrías, cacerías y se codeaba con el hombre blanco. La sombra de la duda vino a visitar a Sombra de Luna Menguante, se percibió del peligro que ello le reportaría y así se lo hizo saber. Le reprochaba en ocasiones que la tuviera abandonada, ella que tanto le entregó, se sacrificó por estar a su lado, dejó de tener otras amistades sólo por cuidar de él.

Tarde se dio cuenta de que no había hecho lo correcto, la dureza del corazón de su hermano le hizo entender que no debía quererle tanto. La vida no giraba en torno al amor como ella pensaba. El conocer el mundo del hombre blanco cambió sus expectativas hacia la nueva vida que se le abría ante sus ojos. Tenía otros alicientes y horizontes nuevos a los que él se dirigía, el llevarla a ella de compañía no entraba en sus planes futuros.
Amaneció un día en que él no estaba a su lado. Lo buscó por toda la aldea, siempre le decía donde iba, nunca le había fallado. No se explicaba el por qué de su ausencia.
- No lo busques más Sombra de Luna Menguante, tu hermano salió de caza y fatalmente fue atacado por un bisonte muriendo en el acto.
El dolor le retorció el corazón, estallando en un llanto inconsolable. Lo más querido de su vida se lo robaron. Le invadió una gran tristeza. Buscó su cadáver para darle sepultura en la loma de los espíritus.

-No sigas, ya lo enterraron los guerreros que le acompañaban.
Nadie le supo decir el lugar exacto donde descansaban sus restos. Murmuraban por la aldea que no murió, se marchó por no estar con ella, le agobiaba su forma de protegerlo, demasiada entrega por parte de ella. El no se dejaba querer ni por ella ni por nadie.
Continuará.....

domingo, 10 de marzo de 2013

La decisión final. Capítulo 1






Paseando por la vida dos almas hermanas se encuentran. Desgracias a cuestas llevan desde niños. El desamor, la desidia y el olvido por parte de los que les acompañaron a lo largo de sus vidas les marcaron el carácter. El se convirtió en un ser duro, de sentimientos puros y faltos de cariño fraternal, ello fue el detonante para que se propusiera no querer a nadie y no dejarse amar. Un escudo de frialdad le envolvía el corazón. Lo endureció al máximo.
Ella llevó una vida similar. Su entorno carecía de amor y cariño hacia su persona, nunca tuvo un abrazo, un beso, una muestra de cariño, una frase de aceptación. Toda su vida la vivió sin poder saborear esos sentimientos.
Vivían rodeados de Naturaleza viva, entre llanuras y montañas. Un mar de color ocre se extendía ante sus ojos. Aquel hermoso lugar abarcaba desde el Río Saskatchewan a la región de Alberta en Canadá hasta Río Grande, la frontera de Méjico, en el sur. Al este, el límite lo marcaría el valle del Mississipi, mientras que al oeste alcanzaría las primeras estribaciones de las Montañas Rocosas.
Su gran extensión y la diversidad de climas y regímenes de lluvias propician la alternancia de zonas áridas (gran parte de Dakota del Sur,) en contraposición a grandes extensiones boscosas de Missouri. El maravilloso entorno se asemejaba al paraíso, se diría que era el mismísimo lugar sagrado donde la Madre Naturaleza inició su vida.
En un pequeño valle una comunidad de indios tenía su asentamiento, una tribu Kiowa. Guerreros indios con un espíritu solitario, duros de corazón pero sensibles de sentimientos.
Se cruzaron en la aldea donde habitaban. Se miraban, se adoraban mutuamente. Llegó el día en que él se decidió a hablarle, le hizo saber lo que le apreciaba, le regalaba palabras de cariño, de admiración, la quería como a una hermana, aunque en el fondo de su corazón algo le dijera que no debía de ser así, el amor no debía de entrar en su corazón.
Ella sintió al fin, que era importante para alguien. Se entregó con los cinco sentidos, no quería perder lo que tanto había ansiado. Decidió adoptarlo como un hermano muy querido.
Petirrojo Cantarín se llamaba él. Sombra de Luna Menguante, era el nombre de ella.
Continuará....